Cual vuelo de pájaro, se inspira este hombre, cual representación de un amor pasado emprende su salto cada día, cual fraile enamorado se suicida por su amada por el dolor de su separación y como si fuese su último adiós se despide del mar chorrillano, abriendo sus brazos como alas a punto de agitarse, arqueando su cuerpo, aspirando el aire y sin duda alguna saltando hacia el abismo de las aguas bravas.
 

Con la sotana puesta y cuerdas atadas a la cintura salta todos los días un hombre que si bien no es un fraile de verdad las hace del mismo para así ganarse la vida y además de ello plasmar a la vida real una historia de antaño de una Lima lejana.

He aquí un cuento de muchos años atrás, escrito por Ricardo Rossel, que cada día de la semana se revive en la playa La Herradura en Chorrillos, un hombre vestido de fraile nos recuerda a cada hora y a cada instante ese adiós de los dos enamorados hacia el horizonte y que prosigue con la muerte, como símbolo de que no fue en vano aquel sacrificio suicida, ya que el acto realizado indica que se encontrarán en la eternidad.

Cuenta la historia, que hace dos siglos atrás, dos niños, uno huérfano de padre, Francisco, que fue adoptado por la familia de un marqués, padre de Clara, la otra niña. Con el transcurso del tiempo ambos se enamoraron, pero la familia se opuso, puesto que Francisco era hijo de la criada de la casa, fue entonces que decidieron separarlos, enviaron a Francisco a un monasterio y más tarde a Clara a España. Al principio ambos se citaban en lo alto del Morro Solar a escondidas; él, un joven vestido de fraile adoptaba gestos de amor hacia una joven; ella, una señorita que besaba a un fraile, aquello fue motivo de escándalo para la gente.

Con el dolor de ambos corazones, el fraile Francisco se despedía a lo lejos de su amada desde un puerto en Chorrillos; ella, enrumbándose en un barco hacia tierras lejanas, agitaba su brazo en señal de un “adiós amor”. Fue en ese momento en que no pudieron aguantar más el dolor y aquel enamorado fraile se arrojó al mar sin pensarlo para quitarse la vida de inmediato. A lo lejos, ella también hacía lo mismo.

Con rumbo a la playa, al llegar al lugar, el cielo se torna nublado, el mar movido, las olas sobrepasan las rocas y de solo verlo se siente esa sensación de lanzarse al precipicio. “Hoy el mar está movido”, dice uno de los 6 frailes que se turna para repetir la historia, acomodando su sotana y sus cuerdas indica que su horario ya acabó y que luego el fraile más joven procederá a realizar el acto. El más viejo tiene 60 años y el más joven 26. El novato fraile se ve dubitativo, decide mirar hacia el horizonte, pero el mar es demasiado para él, al final no se lanza.

El otro fraile se hace esperar, transcurren las horas y la gente pregunta por él y al recibir una respuesta negativa se va entristecida, unos se van otros se quedan, otros preguntan al personal del restaurante que le hace honor a su nombre, pero ellos responden que no se sabe porque el mar está un poco movido, sin embargo te regalan un volante que dice “sea usted parte de la leyenda…” invitándonos a otro día asistir con un pisco sour de cortesía.

Buses de turistas vienen y van, personas llegan en taxis, motos y algunas a pie ansiosas para divisar el asombroso acto suicida de un fraile chorrillano.

Pasan las horas y después de tanta espera y sol, llega por suerte, el fraile más reconocido, ya que es el que más tiempo lleva lanzándose. El vigilante del restaurante lo saluda diciendo: “Fraile, lo están esperando”. Efectivamente, apenas llega en un auto con su familia, procede a cambiarse inmediatamente para realizar la acción, Fernando Canchari (41), es el fraile más antiguo en repetir aquel indicio de amor de antaño, lleva 23 años haciéndolo y como él dice “hubo conflictos para que otros que también querían hacer lo mismo que él se apoderaran del lugar, aprendieron a saltar… pero al final se pusieron de acuerdo para que ellos también realicen el show, fue muy duro al principio, ya que lo hicieron con violencia pero al final nos pusimos de acuerdo”, a pesar de aquello el fraile tiene su público y lo aclaman, aunque su tiempo se halla dividido de 1 a 5 y 20 pm, lo comparte con modestia y con mucho fervor a su trabajo, porque como recalca “este es mi trabajo, y tengo familia y sé que ellos también, así que es nuestro sustento, pero hay que seguir adelante”.

Fernando comenta que su primer salto lo hizo cuando era muy joven y que nunca se imaginó que este llegaría a ser su medio para solventarse a sí mismo y a su familia.

Acto seguido, el fraile acomoda sus sotanas, una blanca y una marrón, “una de repuesto, como la otra se moja…”, y también sus cuerdas que lo sujetarán para aquello heroico y valiente que realizará, aunque ya de tanto lanzarse su cuerpo se haya quedado marcado de secuelas que empañaron su rostro y diferentes partes de su cuerpo como parte de la práctica, cicatrices que si bien dolieron, valieron la pena para que el público espectador limeño y extranjero reviva y sienta esta historia de amor y separación.

Como si encarnase al mismísimo fraile de la historia procede con toda concentración a vestirse inmediatamente, colocándose primero la sotana marrón. Con la soga en la cintura, levanta las manos hacia el público en señal de que dará el salto. Se dirige a las piedras que colindan con el mar, acomoda sus cuerdas a una de ellas y acto seguido hace reverencia al estruendoso océano que retumba en sus olas y choca con las piedras y que a pesar de estar bravo lo recibe pacíficamente, se despide de todos por el sur, norte, este y oeste, levantando sus manos hacia el cielo y diciendo adiós a su amada que en otra vida murió. Alza los brazos, siente el viento y la brisa del mar, se persigna, repite unas palabras para Dios y sin pensarlo salta al abismo que lo espera como resorte en las aguas saladas.

Por unos segundos no se sabe dónde está, el silencio de los espectadores y el susto de algunos, reflejan la angustia, la sensación que de verdad se ha ido y el repicar de las olas junto con el cantar de las aves anuncian su muerte. El fraile se ha lanzado, sacrificándose por su amada, de tal manera que este acto aplaque su dolor y sufrimiento, repitiendo la misma historia pasada, añorando recuerdos de amores y esperanzas.

La algarabía de la gente lo busca con la mirada y sí, ahí está, subiendo entre las rocas, el fraile está; su público lo recibe con aplausos y él maravillado hace reverencias y procede a pedir sus propinas, la gente con mucho gusto se las da.  Va corriendo al malecón en donde están los carros para hacer lo mismo. Contento regresa a contar otra vez sus historias y anécdotas, mientras su familia lo espera en el auto que estacionó junto al restaurante.

Las propinas son gratificantes, aunque van desde lo más mínimo hasta una generosa suma, agradecido hace sonar su canastilla llena de dinero.

Luego su público le pide fotografiarse con él, “para el recuerdo, para decir que estuve aquí” como dice un turista colombiano. El “frailecito” como todos lo llaman sonríe y gustoso se toma fotos con todos y conversa por un momento con ellos, como para calmar la adrenalina producida por lo realizado.

Fernando cuenta que los otros frailes no se tiran con soga, ya que para ellos es muy complicado, porque aquello los enreda y los arrastra hasta la coladera que hay entre las piedras y eso los podría matar. Él es el único que puede hacerlo con la soga, aunque también hay veces en que se tira sin ella.

Con una expresión casi molesta comenta que antes de que llegaran los otros, él hacía el acto en la noche también, lanzándose con dos antorchas en ambas manos, lo que lo hacía aun más espectacular. Pero después de los disturbios, tuvo que dejar de lado eso y dividirse el turno para realizar el show.

Fernando dice que este trabajo suyo lo realizará hasta que Dios se lo permita y que si bien cada salto le provoca una sensación de adrenalina sosegada por el miedo a no volver a saltar, repite que lo hará hasta el final de sus días, hasta que sea viejo.

Retomando de nuevo el éxtasis, el furor y la adrenalina, Fernando, “El fraile”, respira hondo, se dirige hacia las rocas, mira hacia el mar, lo aspira, se llena de su brisa en los pulmones y apoderado de la presencia casi fantasmal del verdadero fraile, decide volver a realizar su acto de amor suicida.

Una vez más, sotana puesta, cuerdas atadas a la cintura y a la roca, visión imponente, gente que espera la acción, miradas atónitas, un respiro. Despedida al sur, norte, este y oeste, “adiós amor”, esta vez más a lo lejos, el fraile se despide de todos, fotos por aquí, fotos por allá, abriendo los brazos como un vuelo de pájaro, el fraile se entrega finalmente al súbito abrazo del mar que lo espera ansioso con las olas y el sonido de lo profundo entre las rocas. Acto final, el fraile ha saltado, se ha ido. Inmediatamente sale otra vez triunfante por entre las rocas, trepa hacia lo alto y feliz la gente le entrega sus propinas al pasar.

Es así como concluye una historia que entre saltos al mar y más, nos envuelve en una travesía curiosa de Lima y sus misteriosos episodios pasados.

 
 
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